ENTRE GRIEGOS Y ROMANOS
Autor: Francisco J. Molina García
Profesor de Historia de Bachillerato y ESO
En el mundo grecorromano la filosofía fue la protagonista del mundo científico, pero lo oculto y desconocido también tuvieron mucha importancia y dieron lugar a leyendas y misterios que han quedado en el imaginario colectivo del hombre.
RÓMULO, REMO Y LA LOBA
Según la leyenda, la fundación de Roma -753 a. C.- se debió a Rómulo y Remo, descendientes de Eneas -superviviente de la guerra de Troya-. Este, en su periplo por el Mediterráneo terminó con sus huesos en Italia. Allí se casó con Lavinia, hija del rey del Lacio, y fundó una ciudad a la que dio el nombre de su esposa. Sus nietos Ascanio y Numitor se enfrentaron por el trono del Lacio y el primero mató a todos los descendientes del segundo menos a la joven Rea Silvia, a la cual metió a vestal -sacerdotisa monja- para que no pudiera tener descendencia. Pero esta, tomando el fresco a las orillas de un rio tuvo un encuentro con el dios Marte que la dejó
embarazada. Cuando Amulio se entero cogió a los recién nacidos – fueron gemelos, Rómulo y Remo-, los metió en una canastilla en el río Tíber y esperó a que se ahogasen. Mas la corriente les empujó río abajo y fueron recogidos -cual Moisés- por una loba -símbolo de la ciudad de Roma- que los amamantó.

Cuando los gemelos, ya adultos, conocieron su historia volvieron al Lacio, mataron a Ascanio y repusieron en el trono a su abuelo Numitor. De vuelta al Tíber fundaron allí donde fueron encontrados, entre siete colinas, la ciudad de Roma -de rumm, popa, ciudad fluvial-. Levantaron los muros de la ciudad y juraron matar a quien los mancillase. Quiso el destino que fuera Remo el primero en hacerlo tras una disputa con Rómulo, que no dudo en matarlo y convertirse en el primer rey de Roma.
Los historiadores -mal pensados- no han creído a pies juntillas la historia, y algunos han identificado la loba con alguna prostituta de la zona o incluso con Acca Laurentia, mujer de un pastor de costumbres frescas y fuerte carácter. Los habitantes del centro de Italia durante el primer milenio a. C. fueron umbrios, sabinos y latinos. La más poderosa ciudad de estos pueblos fue Alba Longa -capital del Lacio-. De allí procedieron los primeros fundadores de Roma y de entre ellos, quizás, su caudillo o cabecilla Rómulo. La tradición romana ignoró este origen de la ciudad y lo mitificó haciendo de los romanos los portadores de un origen divino cuyo destino
fue la gloria, que se derrumbó el día que prescindieron de él.
LAS BACANALES ROMANAS
Las bacanales romanas eran fiestas que se hacían en honor del dios Baco -divinidad asociada al vino- en las que se comía y bebía en exceso. Desde entonces han sido sinónimo de desenfreno sexual. El culto fue introducido en Roma hacia el siglo III a. C. y del mismo solo participaban las mujeres dos días al año -el 16 y 17 de marzo- cerca del Aventino. Pero una sacerdotisa meridional, Pacula Annia, introdujo varias reformas de inspiración divina: como fue la iniciación de los hombres en el culto, las celebraciones nocturnas con símbolos fálicos y el
aumento del número de ceremonias. En palabras de Tito Livio, “desde que los ritos eran promiscuos y se mezclaban hombres y mujeres, no había delito ni inmoralidad que no se perpetrara allí”.
El éxito de este culto pudo deberse a que se desarrolló durante la segunda Guerra Púnica contra Cartago, en un contexto de crisis que favoreció la aparición de cultos mistéricos como el de Baco, que actuaban de “válvula de escape social”. También tuvo importancia el carácter transversal del mismo, en el que las mujeres tuvieron un papel protagonista y del que participaban todos los estratos sociales, desde los esclavos a la nobleza.

En el año 186 a. C. el Senado aprobó un decreto contra los seguidores del culto que se convirtió en una “caza de brujas”, pues las bacanales se habían convertido en un problema social a la vez que moral. La acusación partió de un joven llamado Ebucio cuya madre -viuda- se casó en segundas nupcias. Padrastro y madre quisieron introducir al joven en el culto a Baco con la intención de administrar su herencia paterna. Pero la amante de este, Híspala Fecenia – conocedora del culto- le animó a denunciarlos a instancias oficiales.
La sentencia condenaba a los seguidores de Baco por estupro -profanación sexual sobre cuerpos protegidos por el derecho romano-, pues no era lícito el sexo con menores, ni con mujeres vinculadas a otro ciudadano romano.
El senado no erradicó el culto, pero lo limitó enormemente. Fue neutralizado bajo el aspecto del dios cívico romano Liber y atomizado en cofradías. El decreto se convirtió en un pretexto que reafirmó los valores tradicionales, el rol patriarcal en el seno de la familia y restableció el viejo orden romano.
La gran aceptación del culto a Baco en todas las capas sociales quedó patente en numerosos sarcófagos y mosaicos de tema báquico muy frecuentes en la Hispania romana, aunque los ejemplos más espectaculares los encontramos en las pinturas de la Villa de los Misterios en Pompeya. Con el auge del cristianismo se reprimió el culto a Baco que tuvo su final bajo el emperador Teodosio quien ordenó destruir todos los templos y representaciones paganas en el 399 d. C.
LA DESAPARICIÓN DE LA LEGIÓN IX HISPANA
La legión romana fue un cuerpo de infantería compuesto por cinco mil hombres, aproximadamente, auxiliados por un destacamento de caballería de unos trescientos jinetes. La disciplina y capacidad táctica en el combate la hicieron dominadora de los campos de batalla durante la antigüedad.
Como todas las legiones que estuvieron en vigor durante el imperio, su creación se dio durante las guerras civiles al final de la etapa republicana. Se ha defendido que la Legión IX se formó en Hispania por Pompeyo y que acompañó a Julio César en su conquista de las Galias entre el 58 y 51 a. C. Su emblema pudo ser el toro -animal sagrado asociado a venus, antepasada de la familia Julia-, el mismo que el de las otras legiones consulares de César.

La Legión IX participó al lado de Octavio en la batalla naval de Actium contra Marco Antonio. Y también en las guerras cántabras -29-19 a. C.-, ya bajo Octavio como Augusto emperador. Fue con el emperador Claudio -siglo I d. C.- cuando se selló su destino con el objetivo de la conquista de Britania, bajo el legado Aulo Plaucio.
Participó en la victoria romana frente a la reina Boudica cerca de Londinium -Londres-. Con la provincia pacificada y bajo el emperador Vespasiano, la Legión IX Hispana tomó destino a Eboracum -York- y, aunque no está probado, fue muy probable que participara en la construcción del muro de Adriano que separaba Britania de Caledonia -Inglaterra de Escocia-. A finales del siglo I d. C. Tácito nos situaba a la Legión IX bajo las órdenes de su yerno Gneo Julio Agrícola en la batalla de Mons Graupius en Escocia.
La última noticia que tenemos de la Legión es del 107-108 d. C. durante la reconstrucción de una de las puertas del fuerte de la ciudad de York. A partir de ese momento se perdía el rastro de la Legión IX.
La teoría mas popular apuntó a la aniquilación de la legión en un enfrentamiento contra los pictos a principios del siglo II d. C. Aun así, hubo quien la situó entre Nimega y Aquisgrán antes de ser destinada a oriente. Allí pudo participar en Judea contra la rebelión de Simón Bar Kokhba o ser destruida en la batalla de Elegeia -161 d. C.- en la Capadocia. Todas ellas hipótesis por confirmar. Los historiadores romanos tuvieron por costumbre olvidar en sus crónicas las derrotas -la historia ha sido benévola con los vencedores porque ellos la han escrito- . Lo cierto fue que no apareció en el listado de legiones del emperador filósofo Marco Aurelio en el 162 d. C. y que, por lo tanto, la sombra del misterio sobre su final ha seguido proyectándose sobre Roma y la historia.
HIERÁPOLIS: LA PUERTA AL INFIERNO
En el oeste de Turquía se formó un paisaje espectacular de cascadas pétreas blancas -de nombre travertinos- frente a un valle. Además, el lugar gozaba de aguas termales que dieron origen a la ciudad-balneario romana de Hierápolis, situada en lo alto de la montaña blanca de Pamukkale.
Hierápolis fue fundada por los reyes atálidos de Pérgamo a finales del siglo II a. C. y posteriormente fue conquistada por los romanos a principios del siglo II de nuestra era. Sus monumentos han sido testigos de la importancia de la ciudad como lugar de reposo para las élites del imperio.
Pero si por algo era conocida en la antigüedad Hierápolis fue por su puerta de entrada al infierno, donde el perro de tres cabezas -Cerbero- exhalaba su aliento a través de una cueva arqueada. Esta estaba situada dentro del santuario de Plutonio -dedicado al dios Plutón, dios de la muerte y el inframundo-. El santuario constaba, además, con un estanque rectangular de agua cristalina, una escalinata y una estatua del dios.

En el santuario, los sacerdotes hacían sacrificios de animales que caían súbitamente muertos a la entrada de la cueva ante el asombro del espectador. Plinio el viejo describió el lugar como la “alcantarilla de Charon” -el balsero que llevaba el cuerpo de los muertos a través del río Estigia y Acheron al inframundo-. Estrabón dio fe de dichos sacrificios: “Cualquier animal que entre se encuentra con la muerte instantánea. Los toros que son llevados a la cueva caen y son arrastrados muertos, y yo arrojé gorriones y de inmediato cayeron y murieron”. Pero Estrabón iba más allá: “El espacio está lleno de un vapor tan brumoso y denso que apenas se puede ver el
suelo”, y se sorprendía al ver que morían los animales, pero no los sacerdotes quizás porque estaban protegidos por la divina providencia o quizás porque contenían la respiración.
La ubicación del santuario no se hizo al azar. Las investigaciones posteriores han sacado a la luz que la cueva del santuario de Plutonio se ha levantado sobre la falla tectónica de Pamukkale, donde a través de las grietas de la tierra han brotado aguas ricas en minerales, pero también en gases mortales. El dióxido de carbono que ascendía a la superficie era más pesado que el oxígeno que respiraban los sacerdotes -conocedores probablemente del fenómeno según las horas del día y la altura-, mientras que los animales caían desplomados súbitamente.
Hoy en día el santuario se ha acondicionado para su disfrute, se ha tapiado la cueva y se ha construido una pasarela para mayor seguridad. Mitología y ciencia se han convertido en historia en la puerta del infierno.
EL MISTERIO DE LOS DODECAEDROS ROMANOS
Hace trescientos años aproximadamente, se encontró por primera vez un dodecaedro de origen romano en Aston, Hertfordshire -Inglaterra-. Desde entonces han aparecido más de cien dodecaedros parecidos a éste en Europa, principalmente en la cuenca del Rin. Han sido datados entre los siglos II y III d. C.
El dodecaedro romano era un objeto pequeño, del tamaño de un puño, con doce caras planas con forma de pentágono de 4 a 11 centímetros de altura -a menudo con agujeros en sus caras-. Se han hecho en bronce, aunque también los hubo de hierro y piedra, y algunos han sido creados con perillas redondeadas en las esquinas de los pentágonos.
El gran misterio que se ha planteado ha sido cuál era su función, pues no hay documentos que expliquen para qué servían. Una de las teorías más plausibles es que fueran un dispositivo de medición de rango en el campo de batalla, que sirvió para fabricar y calcular la trayectoria de los proyectiles para hondas. Otra teoría parecida lo explica como instrumento topográfico y nivelador con fines militares.

Una de las hipótesis más interesantes -basada en las consideraciones de Plutarco, que afirmaba que las doce caras representaban los doce signos de zodiaco-, lo identificaban como instrumentos de medición astronómico -para la siembra y recogida del grano en primavera y otoño- porque con él se podía medir el ángulo de la luz solar.
Lo cierto es que debieron de tener su valor personal para aquellos que los poseyeron porque algunos de ellos se han encontrado en tumbas, asociados a tesoros o junto a artículos valiosos y monedas.
Quizás, la clave del misterio ha sido la simbología en sí del objeto. El dodecaedro romano era un poliedro de doce caras pentagonales regulares y un espacio cuya forma se aproximaba a la esfera. Platón en el Timeo afirmaba que la materia sólo podía ser comprendida a través de las matemáticas. La tierra era identificada con el cubo -seis caras cuadradas-, el fuego con el tetraedro -cuatro caras triangulares-, el aire era un octaedro -ocho caras triangulares- y el agua un icosaedro -veinte caras triangulares-.
El filósofo griego identificaba cada uno de los cuatro elementos con los cuatro poliedros regulares. Pero ¿y el dodecaedro? En el Timeo de Platón, al dodecaedro -quinto poliedro regular- le fue asignada la función de modelo del universo para el Demiurgo, fue el quinto elemento.


